Electra (azotándole ligeramente). ¡Sabio cargante! Si esto fuera un azote de verdad, con más gana te pegaría.

Marqués (risueño y embobado). ¡Adorable! Pégueme usted a mí, Electra.

Electra (pegándole con mucha suavidad). A usted no, porque no tengo confianza... Un poquito no más... así... (Pegando a los demás.) Y a usted... a usted... un poquito.

Evarista. ¿Por qué no vas a tocar el piano para que te oigan estos señores?

Máximo. ¡Si no estudia una nota! Su desidia es tan grande como su disposición para todas las artes.

Cuesta. Que nos enseñe sus acuarelas y dibujos. Verá usted, Marqués. (Se agrupan todos junto a la mesa, menos Evarista y Pantoja que hablan aparte.)

Electra. ¡Ay, sí! (Buscando su cartera de dibujos entre los libros y revistas que hay en la mesa.) Verán ustedes. Soy una gran artista.

Máximo. Alábate, pandero.

Electra (desatando las cintas de la cartera). Tú a deprimirme, yo a darme bombo, veremos quién puede más... Ea (mostrando dibujos), quédense pasmados. ¿Qué tienen que decir de estos magníficos apuntes de paisajes, de animales que parecen personas, de personas que parecen animales? (Todos se embelesan examinando los dibujos, que pasan de mano en mano.)

Evarista (que apartando su atención del grupo del centro, entabla una conversación íntima con Pantoja). Tiene usted razón, Salvador. Siempre la tiene, y ahora, en el caso de Electra, su razón es como un astro de luz tan espléndida, que a todos nos obscurece.