Cuesta. Ya vendrá, ya vendrá el convencimiento...

Electra. ¿Y por qué no habla usted de ese asunto a mis tíos...?

Cuesta (preocupado). Porque... A su tiempo se les dirá. Por de pronto, sólo usted debe saber mi resolución.

Electra. Pero...

Cuesta (con emoción, levantándose). Y ahora, Electra, ¿querrá usted a este pobre enfermo, que tiene los días contados?

Electra. Sí... ¡Es tan fácil para mí querer! Pero no hable usted de morirse, Don Leonardo.

Cuesta. Me consuela mucho saber que usted me llorará.

Electra. No me haga usted llorar desde ahora...

Cuesta (apresurando su partida para vencer su emoción). Adiós, hija mía.

Electra. Adiós... (Reteniéndole.) ¿Y qué nombre debo darle?