Electra. Cuando dejé de tener a mi lado muñecas y niños. Por eso quiero yo volverme ahora chiquilla, y me empeño en retroceder a la edad de la inocencia, con la esperanza de que siendo lo que entonces era, vuelva mi madre a mí, y hablemos, y me responda a lo que deseo preguntarle... y me dé consejo...
Evarista. ¿Y qué dudas tienes tú para...
Electra (mirando al suelo). Dudas... cosas que una no sabe y quiere saber...
Evarista. ¡Qué tontería! ¿Y qué asunto tan grave es ese sobre el cual necesitas consulta, consejo...?
Electra. ¡Ah! una cosa... (Vacila: casi está a punto de decirlo.)
Evarista. ¿Qué? dímelo.
Electra. Una cosa... (Con timidez infantil, manoseando la muñeca y sin atreverse a declarar su secreto.) Una cosa...
Evarista (severa y afectuosa). Ea, ya es intolerable tanta puerilidad. (Le quita la muñeca.) ¡Ay! Electra, niña boba y discreta, eres un prodigio de inteligencia y gracia, cuando no el modelo de la necedad; tu alma se la disputan ángeles y demonios. Hay que intervenir, hija; hay que mediar en esa lucha, dando muchos palos a los demonios, sin reparar en que puedan caer sobre ti y causarte algún dolor... (La besa.) Vaya, formalidad. Necesitas ocuparte en algo, distraer tu imaginación... No olvides que a las cinco... Vete arreglando ya...
Evarista. Tiempo de sobra tienes: tres cuartos de hora.