—No, estos tratos no me convienen. Seremos amigos; pero con la condición de que me llevo este pobre ángel a mi casa. ¿Para qué le quiere usted? ¿Para que se críe en esos patios malsanos entre pilletes?... Yo le protegeré a usted, ¿qué quiere?, ¿un destino?, ¿una cantidad?
—Si la señora—insinuó Izquierdo torvamente, soltando las palabras después de rumiarlas mucho—, me logra una cosa...
—A ver qué cosa... —La señora se aboca con Castelar... que me tiene tanta tirria... o con el Sr. de Pi.
—Déjeme usted a mí de pi y de pa... Yo no le puedo dar a usted ningún destino.
—Pues si no me dan la ministración del Pardo, el hijo se queda aquí... ¡hostia! —declaró Izquierdo con la mayor aspereza, levantándose. Parecía responder con la exhibición de su gallarda estatura más que con las palabras.
—La administración del Pardo nada menos. Sí, para usted estaba. Hablaré a mi esposo, el cual reconocerá a Juanín y le reclamará por la justicia, puesto que su madre le ha abandonado.
Rafaela cuenta que al oír esto, se desconcertó un tanto Platón. Pero no se dio a partido, y cogiendo en brazos al niño le hizo caricias a su modo: «¿Quién te quiere a ti, churumbé?... ¿A quién quieres tú, piojín mío?».
El chico le echó los brazos al cuello.
«Yo no le impido ni le impediré a usted que le siga queriendo, ni aun que le vea alguna vez —dijo la señora, contemplando a Juanín como una tonta—. Volveré mañana y espero convencerle... y en cuanto a la administración del Pardo, no crea usted que digo que no. Podría ser... no sé...».
Izquierdo se dulcificó un poco.