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Cuando fue al cuarto del Delfín, Barbarita le hacía tomar a este un tazón de té con coñac. En el comedor continuaba la bulla; pero los ánimos estaban más serenos. «Ahora—dijo la mamá—, han pegado la hebra con la política. Dice Samaniego que hasta que no corten doscientas o trescientas cabezas; no habrá paz. El marqués no está por el derramamiento de sangre, y Estupiñá le preguntaba por qué no había aceptado la diputación que le ofrecieron...

Se puso lo mismito que un pavo, y dijo que él no quería meterse en...

—No dijo eso—saltó Juanito, suspendiendo la bebida.

—Que sí, hijo; dijo que no quería meterse en estos... no sé qué.

—Que no dijo eso, mamá. No alteres tú también la verdad de los textos.

—Pero hijo, si lo he oído yo.

—Aunque lo hayas oído, te sostengo que no pudo decir eso... vaya.

—¿Pues qué? —El marqués no pudo decir meterse... yo pongo mi cabeza a que dijo inmiscuirse... Si sabré yo cómo hablan las personas finas.