—Quelo un pez... —gruñó el Pituso frotándose con mal humor los ojos.
—Mira—le decía Rafaela—, tu mamá te va a comprar un pez de dulce.
—Pae Pepe... —repitió el chico llorando.
—¿Quieres una pandereta?... sí, una pandereta grande, que suene mucho.
Las tres hacían esfuerzos para acallarle, ofreciéndole cuanto había que ofrecer. Después de comprada la pandereta, el chico dijo que quería una naranja. Le compraron también naranjas. La noche avanzaba, y el tránsito se hacía difícil por la acera estrecha, resbaladiza y húmeda, tropezando a cada instante con la gente que la invadía.
«Verás, verás, ¡qué nacimiento tan bonito!—le decía Jacinta para calmarle—¡Y qué niños tan guapos! Y un pez grande, tremendo, todo de mazapán, para que te lo comas entero».
—¡Gande, gande! A ratos se tranquilizaba, pero de repente le entraba el berrinche y se ponía a dar patadas en el aire. Rafaela, que era una mujer de poquísimas fuerzas, ya no podía más. Guillermina se lo quitó de los brazos, diciendo:
«Dámele acá... no puedes ya con tu alma... Ea, caballerito; a callar se ha dicho...».
El Pituso le dio un porrazo en la cabeza.
«Mira que te estrello... Verás la azotaina que te vas a llevar... ¡Y qué gordo está el tunante!, parece mentira...».