—Es el vivo retrato—afirmó la otra, queriendo cerrar la puerta, con una opinión absoluta, a todas las dudas que pudieran surgir.
—Podrá ser... Guillermina se despidió rogando a los dependientes que le cambiaran por billetes tres monedas de oro que llevaba. «Pero me habéis de dar premio—les dijo—. Tres reales por ciento. Si no, me voy a la Lonja del Almidón, donde tienen más caridad que vosotros».
En esto entró el amo de la casa, y tomando las monedas, las miró sonriendo.
«Son falsas... tienen hoja».
—Usted sí que tiene hoja —replicó la santa con gracia, y los demás se reían—. Una peseta de premio por cada una.
—¡Cómo va subiendo!... Usted nos tira al degüello.
—Lo que merecéis, publicanos.
Villuendas tomó de un cercano montón dos duros y los añadió a los billetes del cambio.
«Vaya... para que no diga...».
—Gracias... Ya sabía yo que usted...