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No se le cocía el pan a Barbarita hasta no aplacar su curiosidad viendo aquella alhaja que su hija le había comprado, un nieto. Fuera este apócrifo o verdadero, la señora quería conocerle y examinarle; y en cuanto tuvo Juan compañía, buscaron suegra y nuera un pretexto para salir, y se encaminaron a la morada de Benigna. Por el camino, Jacinta exploró otra vez el ánimo de su tía, esperando que se hubieran disipado sus prevenciones; pero vio con mucho disgusto que Barbarita continuaba tan severa y suspicaz como el día precedente. «A Baldomero le ha sabido esto muy mal. Dice que es preciso garantías... y, francamente, yo creo que has obrado muy de ligero...».
Cuando entró en la casa y vio al Pituso, la severidad, lejos de disminuir, parecía más acentuada. Contempló Barbarita sin decir palabra al que le presentaban como nieto, y después miró a su nuera, que estaba en ascuas, con un nudo muy fuerte en la garganta. Mas de repente, y cuando Jacinta se disponía a oír denegaciones categóricas, la abuela lanzó una fuerte exclamación de alegría, diciendo así:
«¡Hijo de mi alma!... ¡amor mío!, ven, ven a mis brazos».
Y lo apretó contra sí tan enérgicamente, que el Pituso no pudo menos de protestar con un chillido.
«¡Hijo mío!... corazón... gloria, ¡qué guapo eres!... Rico, tesoro; un beso a tu abuelita».
—¿Se parece?—preguntó Jacinta no pudiendo expresarse bien, porque se le caía la baba, como vulgarmente se dice.
—¡Que si se parece! —observó Barbarita tragándole con los ojos—. Clavado, hija, clavado... ¿Pero qué duda tiene? Me parece que estoy mirando a Juan cuando tenía cuatro años.
Jacinta se echó a llorar. «Y por lo que hace a esa fantasmona...—agregó la señora examinando más las facciones del chico—, bien se le conoce en este espejo que es guapa... Es una perfección este niño».
Y vuelta a abrazarle y a darle besos.