«Pero qué, ¿ha venido ya ese pelagatos?».
—Sí... resalao... aquí estoy.
—Pasa, danzante... ¡Dichosos los ojos...
El amigote entró. Jacinta notaba en los ojos de este algo de intención picaresca. De buena gana se escondería detrás de una cortina para estafarles sus secretos a aquel par de tunantes. Desgraciadamente tenía que ir al comedor a cumplir ciertas órdenes que Barbarita le había dado... Pero daría una vueltecita, y trataría de pescar algo...
«Cuenta, chico, cuenta. Estábamos rabiando por verte».
Y Villalonga dio principio a su relato delante de Jacinta; pero en cuanto esta se marchó, el semblante del narrador inundose de malicia. Miraron ambos a la puerta; cerciorose el compinche de que la esposa se había retirado, y volviéndose hacia el Delfín, le dijo con la voz temerosa que emplean los conspiradores domésticos:
«¿Chico, no sabes... la noticia que te traigo...? ¡Si supieras a quién he visto! ¿Nos oirá tu mujer?».
—No, hombre, pierde cuidado —replicó Juan poniéndose los botones de la pechera—. Claréate pronto.
—Pues he visto a quien menos puedes figurarte... Está aquí.
—¿Quién? —Fortunata... Pero no tienes idea de su transformación. ¡Vaya un cambiazo! Está guapísima, elegantísima. Chico, me quedé turulato cuando la vi.