Fue tras ella; pero Papitos se puso a salvo. Parecía que volaba. Desde el fondo del pasillo, en la puerta de la cocina, repetía sus burlas, haciendo con las manos gestos de mico. Volvió él a su cuarto muy incomodado y a poco entró ella otra vez.

«¿Qué buscas aquí?».

—Vengo a por la lámpara para aviarla...

El motivo de haber dicho esto la chiquilla con relativo juicio y serenidad, fue que se oyeron los pasos de doña Lupe, y su voz temerosa: «Mira, Papitos, que voy allá...».

—Tía, venga usted... Está de jarana...

—¡Acusón!—le dijo por lo bajo la chicuela al coger la lámpara—, feón.

—La culpa la tienes tú—añadió severamente doña Lupe, en la puerta—, porque te pones a jugar con ella, le ríes las gracias, y ya ves. Cuando quieres que te respete, no puede ser. Es muy mal criada.

La tía y el sobrino hablaron un instante.

«¿También vendrás tarde esta noche? Mira que las noches están muy frías. Estas heladas son crueles. Tú no estás para valentías».

—No, si no siento nada. Nunca he estado mejor—dijo Rubín, sintiendo que la timidez le ganaba otra vez.