«¿Quieres que te tome la lección?» dijo Rubín cogiendo la cartilla.
—Ni falta... canijo, espátula, paice un garabito... No quiero que me tome lición—replicó la chica remedándole la voz y el tono.
—No seas salvaje... Es preciso que aprendas a leer, para que seas mujer completa—dijo Rubín esforzándose en parecer juicioso—. Hoy has estado un poco salida de madre, pero ya eso pasó. Teniendo juicio, se te mirará siempre como de la familia.
—¡Mia este!... Me zampo yo a la familia...—chilló la otra remedándole y haciendo las morisquetas diabólicas de siempre.
—No te abandonaremos nunca—manifestó el joven henchido de deseos de protección—. ¿Sabes lo que te digo?... Para que lo sepas, chica, para que lo sepas, ten entendido que cuando yo me case... cuando yo me case, te llevaré conmigo para que seas la doncella de mi señora.
Al soltar la carcajada se tendió Papitos para atrás con tanta fuerza, que el respaldo de la silla crujió como si se rompiera.
—¡Casarse él, vusté!... memo, más que memo, ¡casarse!—exclamó—. Si la señorita dice que vusté no se puede casar... Sí, se lo decía a doña Silvia la otra noche.
La indignación que sintió Maximiliano al oír este concepto fue tan viva, que de manifestarse en hechos habría ocurrido una catástrofe. Porque tal ultraje no podía contestarse sino agarrando a Papitos por el pescuezo y estrangulándola. El inconveniente de esto consistía en que Papitos tenía mucha más fuerza que él.
—Eres lo más animal y lo más grosero...—balbució Rubín—, que he visto en mi vida. Si no te curas de esas tonterías, nunca serás nada.
Papitos alargó el brazo izquierdo en que tenía la media, y asomando sus dedos por los agujeros, le cogió la nariz al señorito y le tiró de ella.