—¡Buena ha sido, buena!—exclamó doña Lupe, oprimiendo contra su seno la mano en que tenía los billetes, tan bien cogidos que no se veía el papel por entre los dedos.

—Quédate con Dios—dijo Torquemada a Maximiliano que sólo contestó al saludo con un ju ju...

Y salió al recibimiento, acompañado de doña Lupe. Maximiliano les sintió cuchicheando en la puerta. Por fin se oyeron las botas chillonas del ex-alabardero bajando la escalera, y doña Lupe reapareció en el gabinete. El júbilo que le causaba la cobranza de aquel dinero que creía perdido era tan grande, que sus ojos pardos le lucían como dos carbones encendidos, y su boca traía bosquejada una sonrisa. Desde que la vio entrar, conoció Maximiliano que su cólera se había aplacado. El guano, como decía Torquemada, no podía menos de dulcificarla; y llegándose a donde estaba el delincuente, que no se había movido de la butaca, le puso una mano en el hombro, empuñando fuertemente en la otra los billetes, y le dijo:

«No, no te sofoques... no es para tomarlo así. Yo te digo estas cosas por tu bien...».

—Yo, realmente—repuso Maximiliano con serenidad, que más le asombró a él mismo que a doña Lupe—, no me he sofocado... yo estoy tranquilo, porque mi conciencia...

Aquí se volvió a embarullar. Doña Lupe no le dio tiempo a desenvolverse porque se metió en la alcoba, cerrando las vidrieras. Desde el gabinete la sintió Maximiliano trasteando.

Guardaba el dinero. Abriendo después la puerta, mas sin salir de la alcoba, la señora siguió hablando con su sobrino:

«Ya sabes lo que te he dicho. Hoy no me sales a la calle... Y desde mañana empezarás a tomarme el aceite de hígado de bacalao, porque todo eso que te da no es más que debilidad del cerebro... Luego seguiremos con el fosfato, otra vez con el fosfato. No debiste dejar de tomarlo...».

Maximiliano, como no tenía delante a su tía, se permitió una sonrisa burlona. Miraba en aquel momento a su tío el Sr. de Jáuregui, que le miraba también a él, como es consiguiente. No pudo menos de observar que el digno esposo de su tía era horrendo; ni comprendía cómo doña Lupe no se moría de miedo cuando se quedaba sola, de noche, en compañía de semejante espantajo.

«Con que ya sabes—dijo al aparecer en la puerta, abrochándose su cuerpo de merino negro, pues se estaba disponiendo para salir—. Ya puedes ir a quitarte las botas. Estás preso».