—Le diré a usted, tía...
No le dijo nada, porque la operación aquella de mascar los jugosos tallos de la escarola absorbía toda su atención. Los gruesos labios le relucían con la pringue, y esta se le escurría por las comisuras de la boca formando un hilo corriente, que hubiera descendido hasta la garganta si los cañones de la mal rapada barba no lo detuvieran. Tenía puesto un gorro negro de lana con borlita que le caía por delante al inclinar la cabeza, y se retiraba hacia atrás cuando la alzaba. A doña Lupe (no lo podía remediar) le daba asco el modo de comer de su sobrino, considerando que más le valía saber menos de cosas teológicas y un poquito más de arte de urbanidad. Como estaban los dos solos, dábale bromas sobre aquello del comer poco y a menudo; pero él se apresuró a variar la conversación, llevándola al asunto de Maxi.
«Una cosa muy seria, tía, pero que muy seria».
—Sí que lo es; pero creo muy difícil quitársela de la cabeza.
—Eso corre de mi cuenta... ¡Oh! Si no tuviera yo otras montañas que levantar en vilo...—dijo el clérigo apartando de sí la ensaladera, en la cual no quedaba ni una hebra—. Verá usted... verá usted si le vuelvo yo del revés como un calcetín. Para esas cosas me pinto...
No pudo concluir la frase, porque le vino de lo hondo del cuerpo a la boca una tan voluminosa cantidad de gases, que las palabras tuvieron que echarse a un lado para darle salida. Fue tan sonada la regurgitación, que doña Lupe tuvo que apartar la cara, aunque Nicolás se puso la palma de la mano delante de la boca a guisa de mampara. Este movimiento era una de las pocas cosas relativamente finas que sabía.
«...me pinto solo—terminó, cuando ya los fluidos se habían difundido por el comedor—. Verá usted, en cuanto llegue le echo el toro... ¡Oh!, es mi fuerte. Me parece que ya está ahí».
Oyose la campanilla, y la misma doña Lupe abrió a su sobrino. Lo mismo fue entrar este en el comedor que conocer en la cara impertinente de su hermano que ya sabía aquello... No le dio Nicolás tiempo a prepararse, porque de buenas a primeras le embocó de este modo:
«Siéntese usted aquí, caballerito, que tenemos que hablar. Vaya, que me ha dejado frío lo que acabo de saber. Estamos bien. Con que...».
La mano tiesa volvió a ponerse delante de la boca, a punto que se atascaban las palabras, sufriendo la cabeza como una trepidación.