«¿Apostamos a que sin decirme tú una palabra, lo averiguo todo?».
Y a la salida del túnel, el enamorado esposo, después de estrujarla con un abrazo algo teatral y de haber mezclado el restallido de sus besos al mugir de la máquina humeante, gritaba:
«¿Qué puedo yo ocultar a esta mona golosa?... Te como; mira que te como. ¡Curiosona, fisgona, feúcha! ¿Tú quieres saber? Pues te lo voy a contar, para que me quieras más».
—¿Más? ¡Qué gracia! Eso sí que es difícil.
—Espérate a que lleguemos a Zaragoza.
—No, ahora. —¿Ahora mismo?
—Chí.
—No... en Zaragoza. Mira que es historia larga y fastidiosa.
—Mejor... Cuéntala y luego veremos.
—Te vas a reír de mí. Pues señor... allá por Diciembre del año pasado... no, del otro... ¿Ves?, ya te estás riendo.