Contó ella lo de Juanito Santa Cruz, pasando no poca vergüenza, y dando a conocer la triste historia incoherente.
«Abrevie usted. Hay muchos pormenores que ya me los sé, como me sé el Catecismo... Que le dio a usted palabra de casamiento y que usted fue tan boba que se lo creyó. Que un día la cogió descuidada y sola... Bah, bah... lo de siempre. Después habrá usted conocido a otros muchos hombres, ¿a cuántos próximamente?».
Fortunata miró al techo, haciendo un cálculo numérico.
«Es difícil decir... Lo que es conocer...».
El sacerdote se sonrió. «Quiero decir tratar con intimidad; hombres con quienes ha vivido usted en relaciones de un mes, de dos... esta es la cosa. No me refiero a los conocimientos de un instante, que eso vendrá después».
«Pues serán...» dijo ella pasando un rato muy malo.
—Vamos, no se asuste usted del número.
—Pues podrán ser... como unos ocho... Deje usted que me acuerde bien...
—Basta ya; lo mismo da ocho que doce o que ochocientos doce. ¿Le repugna a usted la memoria de esos escándalos?
—¡Oh!, sí, señor... Crea usted que...