—Es que con este bruto no se puede discutir...—dijo Nicolás, que casi no podía respirar de tan sofocado como estaba.

Juan Pablo no decía nada, y siguió vistiéndose, volviendo la espalda a su hermano.

«¡Vaya un genio que has echado!—le dijo doña Lupe, sin que él la mirara—. Podías considerar que tu hermano es sacerdote... Y sobre todo, no vengas echándotela de plancheta; porque si te salió mal el pase a la infame facción, y has tenido que volverte con las manos en la cabeza, ¿qué culpa tenemos los demás?».

Juan Pablo no se dignó contestar. Doña Lupe cogió por un brazo al cura y se lo llevó consigo temerosa de que se enzarzaran otra vez. En el comedor estaba Maximiliano sentado ya para almorzar. Había oído la reyerta sin dársele una higa de lo que resultara. Allá ellos. A Nicolás no le quitó su berrinchín el apetito, pues ninguna turbación del ánimo, por grande que fuera, le podía privar de su más característica manifestación orgánica. Los tres oyeron gritos en la calle, y doña Lupe puso atención, creyendo que era un extraordinario de periódico anunciando triunfos del ejército liberal sobre los carlistas. En aquellos días del año 1874, menudeaban los suplementos de periódico, manteniendo al vecindario en continua ansiedad.

«Papitos—dijo la señora—, toma dos cuartos y bájate a comprar el extraordinario de la Gaceta. Veréis cómo habla de alguna buena tollina que les han dado a los tersos».

Nicolás que tenía un oído sutilísimo, después de callar un rato y hacer callar a todos, dijo: «Pero, tía, no sea usted chiflada. Si no hay tal pregón de extraordinario. Lo que dice la voz, claramente se oye... El freeeesero... fresa».

—Puede que así sea—replicó doña Lupe, guardando su portamonedas más pronto que la vista—. Pero está tan verde, que es un puro vinagre...

—Todo sea por Dios—se dejó decir Nicolás suspirando—. Peor lo pasó Jesús, que pidió agua y le dieron hiel.

Mascando el último bocado, salió Maximiliano para irse a clase, llevando la carga de sus libros, y mucho después almorzó Juan Pablo solo. Aquellos almuerzos servidos a distintas horas molestaban mucho a doña Lupe. ¿Se creían sus sobrinos que aquella casa era una posada? El único que tenía consideración, el que menos guerra daba y el que menos comía era Maxi, el de la pasta de ángel, siempre comedido, aun después de que le volvieron tarumba los ojos de una mujer. Sobre esto reflexionaba doña Lupe aquella tarde, cosiendo en la sillita, junto al balcón de la calle, sin más compañía que la del gato.

«Dígase lo que se quiera, es el mejor de los tres—pensaba, metiendo y sacando la aguja—, mejor que el egoistón de Nicolás, mejor que el tarambana de Juan Pablo... ¿Que se quiere casar con una...? Hay que ver, hay que ver eso. No se puede juzgar sin oír... Podría suceder que no fuera... Se dan casos... ¡Vaya!... Y está enamorado como un tonto... ¿Y qué le vamos a hacer? Dios nos tenga de su mano».