—¡Oh!... Así me muera si no es verdad. Te lo juro por estas cruces—dijo la iluminada con voz trémula, besándose las manos—. La he visto... bajó por allí, donde está el abanicón de la noria... Bajaba en mitad de una luz... ¿cómo te lo diré?... de una luz que no te puedes figurar... de una luz que era, verbi gracia como las puras mieles...
—¡Como las mieles!—repitió Belén no comprendiendo.
—Pues... tan dulce que... Después vino andando, andando hacia acá y se puso allí, delantito. Pasó por entre vosotras y vosotras no la veíais. Yo sola la veía... No traía el niño Dios en brazos. Dio dos o tres pasitos más y se paró otra vez. Mira, ¿ves aquella piedrecita?, pues allí... y me estuvo mirando... Yo no podía respirar.
—¿Y te dijo algo, te dijo algo?—preguntó Belén toda ojos, pálida como una muerta.
—Nada... pero lloraba mirándome... ¡Se le caían unos lagrimones...! No traía nene Dios; paicía que se lo habían quitado. Después dio la vuelta para allá y volvió a pasar entre vosotras sin que la vierais, hasta llegar mismamente a aquel árbol... Allí vi muchos angelitos que subían y bajaban corre que corre del tronco a las ramas y...
—Y de las ramas al tronco...—Y después... ya no vi nada... Me quedé como ciega... quiere decirse, enteramente ciega; estuve un rato sin ver gota, sin poder moverme. Sentía aquí, entre mí, una cosa...
—Como una pena...—Como pena no, un gusto, un consuelo...
Se acercó entonces Fortunata, y ambas callaron.
—Si están de secreto, me voy.
—Yo creo—dijo Belén, después de una grave pausa—, que eso debes consultarlo con el confesor.