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Por la mañana tempranito, la Superiora y Sor Facunda se tropezaron al salir de sus respectivas celdas.

«Créame usted—dijo Sor Facunda—, algo hay de extraordinario. Consultaré ahora mismo con D. León. El caso de Mauricia debe de examinarse detenidamente».

Sor Natividad, que era mujer de mucho entendimiento y estaba acostumbrada a los pueriles entusiasmos de su compañera, no hizo más que sonreír con bondad. Hubiera dicho a Sor Facunda: «qué tonta es usted, hija»; pero no le dijo nada; y sacando un manojo de llaves se fue hacia el guardarropa.

«¿Pero en dónde está esa loca?» preguntó después.

—No parece por ninguna parte—dijo Fortunata, que por orden de Sor Marcela había bajado en busca de su amiga—. Arriba no está.

En los dormitorios de las Filomenas había gran tráfago. Todas se lavaban la cara y las manos, riñendo por el agua, cuestionando sobre si tú me quitaste la toalla o si esa es mi agua. «Que no, que mi agua es esta». Otra sacaba de debajo de la cama un zoquete de pan y empezaba a comérselo. «¡Ay, qué hambre tengo...!, con estos calores, cuidado que suda una; no se puede vivir... ¡Y ponerse ahora la toca!».

Sor Antonia entraba, imponía silencio y les daba prisa. Oíase el esquilón de la capilla. El sacristán se había asomado varias veces por la reja de la sacristía que da al vestíbulo diciendo sucesivamente: «Todavía no ha venido don León...» «ya está ahí D. León...» «ya se está vistiendo». Oíanse en la parte alta los pasos de toda la comunidad que iba hacia el templo a oír la primera misa. Delante fueron las Josefinas, soñolientas aún y dando bostezos, empujándose unas a otras. Seguían las Filomenas con cierto orden, las más diligentes dando prisa a las perezosas. Donde hay muchas mujeres, tiene que haber ese rumor de colegio, que se hace superior a la disciplina más severa. Entre chacota y risas se oía el rumorcillo aquel: «Mauricia... ¿no sabéis? Vio anoche la propia figura de la Virgen».

—Mujer, quita allá.—Mi palabra... Pregúntaselo a Belén.

—¡Bah!, ni que fuéramos tontas...