—Eso, acá yo... Todo se sabe—replicó la Dura con malicia—. Vaya, que te ha caído la lotería. Yo me alegro, porque te quiero.

En esto Mauricia se inclinó bruscamente y recogió del suelo un objeto pequeño. Era un botón.

«Buen agüero, mira—dijo mostrándolo a Fortunata—. Señal de que vas a ser dichosa».

—No creas en brujerías.—¿Que no crea?... Paices boba. Cuando una se encuentra un botón, quiere decirse que a una le va a pasar algo. Si el botón es como este, blanco y con cuatro ujeritos, buena señal; pero si es negro y con tres, mala.

—Eso es un disparate.—Chica, es el Evangelio. Lo he probado la mar de veces. Ahora vas a estar en grande. ¿Sabes una cosa?

Dijo esto último con tal intención, que Fortunata, cuya ansiedad crecía sin saber por qué, vio tras el sabes una cosa una confidencia de extraordinaria gravedad.

—¿Qué?—Que te quemas.—¿Cómo que me quemo?

—Nada, mujer, que te quemas, que le tienes muy cerca. Te gustan las cosas claras, ¿verdad?, pues allá va. Volvió de Valencia muy bueno y muy enamoradito de ti. Lo que yo te decía, chica, lo mismo fue enterarse de que estabas en las Micaelas haciéndote la católica, que se le encendió el celo, y todas las tardes pasaba por allí en su featón. Los hombres son así: lo que tienen lo desprecian, y lo que ven guardado con llave y candados, eso, eso es lo que se les antoja.

—Quita, quita...—dijo Fortunata, queriendo aparecer serena—. No me vengas con cuentos.

—Tú lo has de ver.—¿Cómo que lo he de ver? Vaya, que tienes unas cosas...