«En resumidas cuentas—le decía él—, eres una inocentona. Pero, di, ¿no te gusta el lujo?».
—Cuando no estoy contigo, me gusta algo, no mucho. Nunca me he chiflado por los trapos. Pero cuando te tengo, lo mismo me da oro que cobre; seda y percal todo es lo mismo.
—Háblame con franqueza. ¿No necesitas nada?
—«Nada; me lo puedes creer».—«¿Ese alma de Dios te da todo lo que necesitas?».—«Todo; me lo puedes creer».—«Quiero regalarte un vestido».—«No me lo pondré».—«Y un sombrero».—«Lo convertiré en espuerta».—«¿Has hecho voto de pobreza?».—«Yo no he hecho voto de nada. Te quiero porque te quiero, y no sé más».
«Nada, enteramente primitiva» pensaba el Delfín, el bloque del pueblo, al cual se han de ir a buscar los sentimientos que la civilización deja perder por refinarlos demasiado.
Un día hablaban de Maximiliano. «¡Infeliz chico!—decía Fortunata—, el odio que le he tomado, no es odio verdadero sino lástima. Siempre me fue muy antipático. Me dejé meter en las Micaelas y me dejé casar... ¿Sabes tú cómo fue todo eso?, pues como lo que cuentan de que manetizan a una persona y hacen de ella lo que quieren; lo mismito. Yo, cuando no se trata de querer, no tengo voluntad. Me traen y me llevan como una muñeca... Y ahora, créete que me entran remordimientos de engañar a ese pobre chico. Es un angelón sin pena ni gloria. Danme ganas a veces de desengañarle, y la verdad... Porque lo que es acariciarle, no puedo, se me resiste, no está en mi natural. Le pido a la Virgen que me dé fuerzas para cantar claro».
—¡A la Virgen!... ¿pero tú crees?...—dijo Santa Cruz pasmado, pues tenía a Fortunata por heterodoxa.
—¿Pues no he de creer? Lo que me aconseja la Virgen siempre que le rezo con los ojos cerrados, es que te quiera mucho y me deje querer de ti... La tienes de tu parte, chiquillo... ¿De qué te espantas? Pues digo; yo le rezo a la Virgen y ella me protege, aunque yo sea mala. ¡Quién sabe lo que resultará de aquí, y si las cosas se volverán algún día lo que deben ser! Y si te hablo con franqueza, a veces dudo que yo sea mala... sí, tengo mis dudas. Puede que no lo sea. La conciencia se me vuelve ahora para aquí, después para allá; estoy dudando siempre, y al fin me hago este cargo: querer a quien se quiere no puede ser cosa mala.
—Oye una cosa—dijo el Delfín, que se recreaba en las singularísimas nociones de aquel espíritu—. ¿Y si tu marido descubriera esto y me quisiera matar?
—¡Ay!, no me lo digas... ni en broma me lo digas. Me tiraba a él como una leona y le destrozaba... ¿Ves cómo se coge un langostino y se le arrancan las patas, y se le retuerce el corpacho y se le saca lo que tiene dentro?, pues así.