«Pues qué... ¿no está enfermo?».
Se le escapó esta espontaneidad, y cuando quiso contenerla ya era tarde. Hacía una semana que Santa Cruz no iba a las citas, y le había enviado, por medio de Cirila, un recadito. Se había caído del caballo en la Casa de Campo, estropeándose ligeramente un brazo.
«¿Enfermo?—dijo Maxi, clavando en ella sus ojos de iluminado—. En efecto, tenía un brazo en cabestrillo. ¿Pero tú por dónde sabes...?».
—No, no, yo no sabía nada—replicó Fortunata enteramente aturdida.
—¡Tú lo has dicho!—exclamó Rubín con la mirada terrorífica—. ¿Por dónde lo sabes?
La prójima se puso como la grana; después volvió a palidecer. Buscaba una salida de aquel compromiso, y al fin la encontró: «¡Ah!».
—¿Qué?—¿Dices que cómo lo sé, tontín?... Pues muy sencillo. Si lo traía el periódico... Tu tía lo leyó anoche. Mira, aquí está: que se cayó del caballo paseando por la Casa de Campo.
Y recobrando su serenidad, revolvió en la mesa y cogió El Imparcial que, en efecto, traía la noticia: «Mira... ¿lo ves?... convéncete».
Maxi, después de leer, siguió diciendo: «Le vi en el Saladero; allí debiera estar ese canalla toda su vida. Olmedo, que iba conmigo, me le enseñó. Fue a ver a mi hermano; él iba a visitar a un tal Moreno Vallejo que también está preso por conspirar. ¡Y el tal Santa Cruz es de lo más cargante...!».
Fortunata se tapaba la cara con el periódico, fingiendo que leía. Maxi le arrebató el papel de un manotazo.