«¡Esto es para volverse loca!...—expresó doña Lupe con un gesto iracundo—. ¿Creerás tú, creerá usted que conmigo valen marrullerías? Sepa usted que...».

La ira se le desbordaba, y para contenerla volvió a la alcoba. Su mente acalorada revolvía estas ideas: «Salió lo que yo me temía... Si lo dije, si esta mujer nos había de dar al fin un disgusto... ¡Ay, qué ojo tengo! A mí no me entraba, no me entraba; y siempre lo dije: 'ni con Micaelas ni sin Micaelas, podremos hacer de una mujer mala una esposa decente'. Ahí está, ahí está, ahí la tienen. Vean si acerté; vean si eran preocupaciones mías...».

Lo que más ensoberbecía a doña Lupe era el chasco que se había llevado, pues aunque dijera otra cosa, ello es que había creído a Fortunata radicalmente reformada. No pudo contener su arranque, y volvió a la sala. «Pero se explica usted, ¿sí o no?...».

Reparó entonces que hablaba con una sombra. Fortunata no estaba allí. Salió doña Lupe al pasillo, y vio luz en un cuartito interior, donde la mujer de Maxi guardaba su ropa. Empujó la puerta. Allí estaba, ya sin mantilla, sacando ropa del armario y metiéndola en un mundo.

«¿Pero querrá usted al fin sacarme de dudas?—dijo sin recatarse ya de alzar la voz—. Esto es vergonzoso. Si usted se obstina en callarse, creeré que la causante de toda esta tragedia es usted y nada más que usted».

Fortunata se volvió hacia ella. Su palidez era como la de un muerto.

«Vamos a ver—añadió la de Jáuregui manoteando—. Si mi sobrino me vuelve a preguntar si ha entrado usted, ¿qué le digo?».

—Dígale usted—replicó la esposa en voz más baja y expresándose con mucha dificultad—; dígale usted que no he venido, porque me marcharé en cuanto sea de día.

—Yo no entiendo una palabra... ¡qué ha pasado, Santo Dios!... ¿Quién maltrató a Maxi?

Fortunata dio un gran suspiro. «¡Qué farsa! Voy a dar parte a la justicia. Veremos si al juez le contesta de esa manera. Que usted es culpable, bien a la vista está. Si no, ¿por qué se marcha usted?».