—Dígale usted que me he muerto—replicó Fortunata.
—Y positivamente sería lo mejor... ¿Ha arreglado usted ya sus baúles?
—Me falta poco... Mire, mire... no me llevo nada que no sea mío.
—¿Y sus alhajas?—preguntó la viuda que custodiaba en su casa las de más valor.
—¿Mis alhajas?—observó la otra vacilando primero y asegurándose al fin—. No son mías. Son de él, de Maxi, que las desempeñó. Se las dejo todas.
—¿De modo que no se lleva usted más que su ropa?
—Nada más. Hasta el portamonedas, con el último dinero que me dio, lo dejo aquí sobre la cómoda. Véalo usted.
Cogió la prudente señora el portamonedas que estaba aún bien repleto y se lo guardó.