«¿Pero no contesta usted?—interrogó Nicolás con acento airado—. ¿Por quién me toma? Hágase usted cargo de que está en el confesonario. No hago la pregunta como persona de la familia ni como juez, sino como sacerdote. ¿Tenía fundamento la sospecha?».
Después de otro ratito, que al cura se le hizo más largo que el primero, la voz respondió tenuemente:
«Sí señor».
—Ya veo—afirmó Rubín con ira—, que nos ha engañado usted a todos, a mí el primero, a las señoras Micaelas, a mi amigo Pintado y a toda mi familia después. Es usted indigna de ser nuestra hermana. Vea usted qué bonito papel hemos hecho. ¡Y yo que respondí...! En mi vida me ha pasado otra. La tuve a usted por extraviada, no por corrompida, y ahora veo que es usted lo que se llama un monstruo.
Dio entonces un paso más, cerrando un poco la puerta, y tentó la pared por si hallaba silla o banco en qué sentarse.
«Hablando en plata, usted no quiere a mi hermano... Ábrete, conciencia».
—No señor—dijo la voz prontamente y sin hacer ningún esfuerzo.
—No le ha querido nunca... esta es la cosa.
—No señor.—Pero usted me dijo que esperaba tomarle cariño conforme le fuera tratando.
—Sí lo dije.—Pero no ha resultado... No ha resultado. ¡Chasco como este...! Se dan casos... De modo que nada.