—¡Oh!, no señor—replicó la pecadora con prontitud.

—Pues entonces, que se la lleve a usted el demonio—gritó el clérigo con gesto de menosprecio.

—Le diré a usted... yo me arrepiento; pero...

—Qué peros ni qué manzanas...—manifestó Rubín, manoteando con groseros modales—. Reniegue usted de su infame adulterio; reniegue también del hombre malo que la tiene endemoniada.

—Eso...—¿Eso qué?... ¡Vaya con la muy...! Y me lo dice así, con ese cinismo.

Fortunata no sabía lo que quiere decir cinismo, y se calló.

«Todo induce a creer que usted se prepara a reincidir, y que no hay quien le quite de la cabeza esa maldita ilusión».

El gran suspiro que dio la otra confirmó esta suposición mejor que las palabras.

«De modo que, aun viéndose perdida y deshonrada por ese miserable, todavía le quiere usted. Buen provecho le haga».

—No lo puedo remediar. Ello está entre mí y no puedo vencerlo.