—Y cuando nos morimos—preguntó una de las samaritanas—, ¿qué pasa?

—Hija, cuando nos morimos, pasamos a fundirnos en el grandioso conjunto universal...

Mia ésta... ¿Pues qué querías tú, seguir gozando y divirtiéndote por allá?

—¿Y Dios?—¡Dios!... francamente, no me gusta, por consideraciones que se deben a toda gran idea histórica, no me gusta, digo, hablar mal de Él... Me concreto, pues, a negarle... respetuosamente.

—¡Otra!, ¡qué cosas se le ocurren! De modo que la misa no es nada tampoco...

—¡María Santísima!, con lo que sale usted ahora. La misa... es un rito, uno de tantos ritos.

—¿Y lo mismo da oírla que no? ¿Y para qué son los funerales?

—Otro rito... La que no pueda o no sepa dar a la Naturaleza lo que es de la Naturaleza y a la historia lo que es de la historia, que se calle... No hay tal muerte, hijas mías: la que tenga oídos, oiga... Esta es la verdad; morirse es cumplir una ley de armonía.

—¡Vaya un lío que me arman ustedes!

Una de las placeras que presentes estaban tenía muy abultado el seno. En cierta ocasión, estando confesándose, le dijo el cura: «sea usted modesta en el vestir y no haga ostentación de esas naturalezas...».—«¿Qué, señor?».—«Eso, la delantera». Por esto, al oír hablar de Naturaleza y de pecado, creyó que se referían a aquellas partes que debe cubrir el recato, y dijo escandalizada: