—¡De mí!—Sí; es preciso colocarse. Usted no puede continuar así.
—Mire usted, amigo Feijoo—dijo Rubín masticando las palabras para salir de aquel atolladero—. Yo no puedo admitir... ¿Y el decoro de los hombres? ¡Yo he profesado toda mi vida...!
—Música, música.—Yo no soy de esos que hablan mal de una situación, y luego van a quitarles motas al que antes desollaron.
—Música, música.—En fin, que yo agradezco... pero no puede ser... Me ofendería, sí señor, me ofendería.
—De modo—exclamó Feijoo en voz alta, abriendo los brazos y tomando un tono que no se podría decir si era de indignación o de burla—, de modo que ya no hay patriotismo.
—¡Otra!... Patriotismo sí hay; pero yo...
—Usted hará lo que yo le mande, y tendremos credencial.
Rubín siguió toda la noche afectando mal humor, una severidad torva, el malestar de la persona a quien ponen un puñal al pecho para que consume un acto contrario a sus convicciones. Al retirarse a casa, se comparaba con Wamba y decía para su sayo: «Cómo ha de ser... paciencia. Tengo que ser alfonsino... a la fuerza. ¡Vaya un compromiso... Re-Dios, qué compromiso...!».