—Contándote toda la verdad de lo que te dijo Amalia, haciendo una confesión general para que veas que no soy tan malo como crees.

—¡Ah!, sí; ven, ven, hijito—exclamó ella alargando sus brazos desnudos—. Confiésame todo; pero con nobleza. Nada de comedias... porque tú eras muy comiquito. Gracias que yo te conozco ya las marrullerías, y algunas bolas me trago; pero otras no. ¿De veras que vas a contármelo todo?

La idea de perdonar electrizaba a Jacinta, poniéndola tan nerviosa que echaba chispas. No cabía en sí de inquietud, pensando en lo grande del perdón que tenía que dar en pago de lo enorme de la sinceridad que se le ofrecía.

Y su zozobra era tal, que por poco se echa de la cama, cuando Juan se apartó de ella para ir hacia la suya... «¿Pero qué?—pensó—, ¿se arrepiente este tuno de lo que ha dicho?... ¿Es que no quiere contarme nada?...».

«Abur, hombre» dijo en alta voz con despecho.

—Si vuelvo, si voy allá en seguida... Mi mujer gasta un genio muy vivo.

—Es que si cuentas, cuentas pronto; y si no, lo dices, para dormirme. No estoy yo aquí esperando a que al señorito le dé la gana de tenerme en vela toda la noche.

—Cállese usted, so tía...—Diciendo esto, volvió hacia ella, sentándose en el lecho y haciéndole mil ternezas.

—¡Ah!, esto está perdido—murmuró Jacinta en los respiros que las caricias de su marido le dejaban, ahogándola...—. Mira, estate quieto y no me sofoques. No tengo yo gana de bromas.

—Vamos al caso, niñita mía. Para que yo te cuente lo que deseas saber, es preciso que tú me cuentes antes a mí otra cosa. Dices que tú sospechabas esto que ha pasado, mejor, que lo adivinabas. ¿En qué te fundabas tú para adivinarlo?... ¿qué observaste y qué supiste?