—De todo lo que has dicho, parece deducirse que yo soy un miserable, un cualquiera, uno de tantos. Pues ahora lo veremos. He guardado reserva contigo, porque creí que no me comprenderías. Veremos si me comprendes ahora. Es cierto que hace dos meses, me encontré otra vez a...
—Haz el favor de no nombrarla—suplicó Jacinta con viveza—. Ese nombre me hace el efecto de la picadura de una víbora.
—Bueno, pues voy al grano... Encontrémela casada.
—¡Casada!—Sí, con un simple. La metieron en un convento, la casaron después como por sorpresa... Chica, una historia de intrigas, violencias y atrocidades que horroriza.
—¡Pobre mujer!—exclamó ella, respondiendo al intento de Juan, que empezaba por hacer a la otra digna de lástima—. Pero bien merecido le está por su mala conducta.
—Espérate un poco, hija. Mujer tan desgraciada no creo que haya nacido.
—Ni más mala tampoco.—Sobre eso hay mucho que decir. No es maldad lo que hay en ella, es falta de ideas morales. Si no ha visto nunca más que malos ejemplos; ¡si ha vivido siempre con tunantes...! Yo pongo en su lugar a la mujer más perfecta, a ver lo que hacía. No, no es lo que crees. Digo más, sería muy buena, si la dirigieran al bien. Pero hazte cargo: después de andar de mano en mano, este la coge, este la suelta, la casan con un hombre que no es hombre, con un hombre que no puede ser marido de nadie...
Jacinta abrió la boca; tan grande era su pasmo.
«Y ese majadero la martirizaba de tal modo desde el primer día de matrimonio, que la infeliz, prefiriendo la libertad en la ignominia a una esclavitud insoportable, se escapa de la casa, y se echa otra vez a la calle, como en sus peores tiempos. En esto me encuentra y me pide amparo».
Jacinta no había cerrado todavía la boca.