—¡Pobrecilla! Es una santa. Llegó entonces D. Baldomero, anunciándose antes de entrar con estas alegres voces: «¿En dónde está ese anti-patriota?». Cuando apareció en la puerta, con los brazos abiertos, fue Moreno a dejarse estrechar en ellos.
«Bien, padrino; está usted hecho un muchacho».
—¿Y tú, perdido? Me dijeron que estabas algo delicado.
—Me canso horriblemente—replicó el forastero, tocándose el corazón—. Algo aquí... Pero dicen que es nervioso.
—Sí, sí, nervioso—afirmó Santa Cruz como si tuviera en el dedillo toda la medicina.
—Nervioso, claro—repitió Jacinta; y Barbarita, que a la sazón entraba, también dijo: «¿Qué ha de ser sino nervioso...?».
—Vaya, vaya con este perdis—decía D. Baldomero mirando mucho a su amigo y pariente y no atreviéndose a decir que le encontraba muy desmejorado—. Siempre tan extranjerote.
—No quiere nada con nosotros—dijo Barbarita, examinándole la ropa—. Mira, mira que levita gris cerrada... y botines blancos... Pero, Manolo, ¡qué zapatones usan por allá! Esos guantes pasarían aquí por guantes de cochero.
Moreno se echó a reír. Su persona tenía tal aire inglés, que quien le viera, tomaríale por uno de esos lores aburridos y millonarios que andan por el mundo sacudiéndose la morriña que les consume. Hasta cuando hablaba desmentía, no por afectación, sino por hábito, su progenie española, porque arrastraba un poco las erres y olvidaba algunos vocablos de los menos usuales. Se había educado en el célebre colegio de Eton; a los treinta años volvió a Inglaterra y allí vivía de continuo, salvo las cortas temporadas que pasaba en Madrid. Poseía el arte de la buena educación en su forma más exquisita, y una soltura de modales que cautivaba. Era ahijado de D. Baldomero I, y por esto seguía llamando padrino a D. Baldomero II.
—Ya saben ustedes que no transijo con la patria—dijo sonriendo—. Mientras más la visito, menos me gusta. Por respeto a mi padrino, no me atrevo a decir más.