—Hombre, por Dios, ¡qué argumentos!...

Sonó la campanilla. «¡Ahí está!» dijeron todos, y Barbarita miró al lugar vacío que estaba destinado a Villalonga en la mesa. Este entró muy alegre, saludando a la familia, y dando un apretón de manos a Moreno.

«Indulgencia, señora. He venido volando por no hacerme esperar».

—Amigo, desde que está usted en candelero, no hay quien le vea. ¡Qué caro se cotiza!

—Es que no me dejan vivir. Anoche duró el jubileo hasta las tres. Doscientas personas entrando y saliendo. Y que no pretenden nada...

—Preparando las elecciones, ¿eh?

—¡Oh!, pues si pasamos al terreno político...—indicó Moreno.

—No, no pases—replicó Santa Cruz—. En ese terreno concedo, concedo...

Después hubo debate sobre quesos, diciendo D. Baldomero que los del Reino son también muy buenos. Luego tratose de las casas, que Moreno calificó de inhabitables. «Por eso todo el mundo vive en la calle».

«Pues mire usted—dijo Villalonga—: las casas serán todo lo malas que usted quiera; pero hay en las del extranjero una costumbre que maldita la gracia que tiene. Me refiero a la falta de maderas en los balcones y ventanas, por lo cual entra la luz desde que Dios amanece, y no puede usted pegar los ojos».