Se limpiaba rápidamente las lágrimas, fingiendo una fortaleza que no tenía.
«Nos separaremos como amigos—dijo Santa Cruz tomándole una mano, que ella separó prontamente—, y me retiro dándote un buen consejo».
—¿Cuál?—preguntó ella más airada que dolorida.
—Que te unas... que procures unirte otra vez con tu marido.
—¡Yo...!—exclamó la señora de Rubín con indecible terror—. ¡Después de...!
—Ya te serenarás, hija. ¡El tiempo! ¿Sabes tú los milagros que ese señor hace? Tú lo has dicho: no hay mal que cien años dure, y cuando se tocan de cerca los grandes inconvenientes de vivir lejos de la ley, no hay más remedio que volver a ella. Ahora te parece imposible; pero volverás. Si es lo natural, es lo fácil, lo fácil... Solemos decir: «tal cosa no llega nunca». Y sin embargo llega, y apenas nos sorprende por la suavidad con que ha venido.
Levantose la joven disparada, y se metió en su gabinete. Estaba como una loca. Juan la siguió, temiendo que le acometiese un acceso de desesperación. Ambos se encontraron en la puerta de la alcoba. Él entraba, ella salía.
«¿Sabes lo que te digo?...—gritó Fortunata con la voz ronca de despecho y dolor—. Que ya estás demás aquí».
—Pero no te irrites...—¡Fuera, fuera!—gritaba ella empujándole con ruda energía.
Santa Cruz reconoció aquella fuerza casi superior a la suya, y no tenía gran empeño en oponerse a ella. Por punto, hizo como que sus brazos intentaban someter a los de su querida. Esta pudo más y cerró violentamente la puerta de la alcoba. El Delfín tocó en los cristales, diciendo: «Si no hay motivo para tanta bulla... Nena, nena negra, abre... Ten calma y no te sofoques... ¡Bah!, siempre eres así...».