—¿Y seré feliz?—dijo Fortunata con expectación supersticiosa, como si le estuvieran echando las cartas.
—Por de pronto, de lo que yo trato es de que sea usted práctica.
—¡Práctica!—replicó ella arrugando la nariz con salero, como hacía siempre que afectaba no comprender una cosa y burlarse de ella al mismo tiempo—. Práctica, ¿qué quiere decir eso?
—¿Y no lo sabe?... ¡No se haga usted más tonta de lo que es!—indicó D. Evaristo arrugando también su nariz.
—Pues nos haremos pléiticas—dijo la señora de Rubín, ridiculizando la palabra para ridiculizar la idea.
Poco más duró aquella visita, porque el señor de Feijoo no quería molestar. Despidiose, prometiendo volver pronto. Por él, volvería dentro de una hora. «Amiguita, usted no puede estar mucho tiempo sola, porque esa cabeza se pone a trabajar... Como usted no me eche, aquí me tendrá otra vez esta tarde».
Y volvió cerca de anochecido trayendo un ramo de flores, y poco después fue un mozo de cuerda con dos o tres tiestos. A Fortunata le gustaban mucho las flores, así vivas como cortadas; tenía los balcones llenos de macetas y se pasaba buena parte de la mañana cuidándolas. Mucho agradeció al buen caballero tales obsequios, que tenían mayor precio en la estación que corría. Las flores del ramo eran de las más bellas, raras y valiosas que hay en invierno. De lo que sobre plantas se habló aquella tarde, coligió D. Evaristo que su amiga tenía gustos un poco desacordes con el gusto corriente. No le hacía gracia ninguna flor que no tuviese fragancia, y particularmente las camelias le eran antipáticas. Entre la mejor de las camelias y el más amarillo y sosón de los girasoles, no hallaba gran diferencia en cuanto al mérito. Diéranle a ella un buen clavel, un nardo, una rosa de la tierra, y en fin, todas aquellas flores que ilusionan el sentido en cuanto uno se acerca a ellas...
—¿Y qué tal nos encontramos esta tarde?—dijo D. Evaristo inclinándose para verle la cara.
Echábaselas de médico; pero examinaba la cara por lo bonita que le parecía, no por buscar en ella síntomas hipocráticos; y como avanzara la noche y no había luz, tenía que acercarse mucho para ver bien. Continuaba ella en el propio sitio y postura que por la mañana.
—Estoy lo mismo—replicó sin moverse—. Desde que usted se fue, estuve llorando hasta ahorita.