—Conque lo mejor es que se vaya usted ahora, y vuelva más tarde. Le vamos a llenar de polvo y basura.
—No, hija, yo no me voy de aquí.
—¡Uy!... Cómo huele usted a colonia. Ese olor sí que me gusta... Pero le vamos a poner perdido. Mire que ahora empezaremos con la sala.
—No me importa—replicó el buen señor con sonrisa inefable—. ¿Me empolva?, mejor. Yo me sacudiré.
—Como usted quiera... Pues ándese por ahí... Yo no tengo aquí álbumes ni libros para que se entretenga.
—Maldita la falta que me hacen a mí los álbumes... Siga, siga usted y trabaje firme. Eso, eso es lo que nos conviene. Luego hablaremos. Yo no tengo absolutamente nada que hacer...
Y dos horas más tarde estaban sentados ambos en el gabinete, uno frente a otro, ella en el mismo pergenio en que antes se presentara, y algo fatigada...
«¡Debo tener una facha...!—dijo levantándose para mirarse al espejo que sobre el sofá estaba—. ¡María Santísima! ¿Ve usted las pestañas cómo las tengo, llenas de polvo?».
—No estarían así sino fueran tan negras y tan grandes y hermosas...
—Quisiera aviarme un poco. Es una falta recibir visitas con esta facha.