«Pero eso, ¿cabe en lo posible?».
—No necesitas alzar mucho la voz. Hoy estoy mucho mejor de la sordera. Por este oído izquierdo me entra todo perfectamente, y no sale por el otro... ¿Dices que si cabe en lo posible? De eso se trata; de hacerle hueco. Ya he tanteado el terreno. Esta mañana estuvo Juan Pablo a verme y le eché una chinita. Has de saber que anteayer me encontré a doña Lupe en la calle y le arrojé otra chinita.
—¿Ellos saben...?—preguntó la señora de Rubín con los labios muy secos.
—¿Esto?... Creo que no. Quizás lo sospechen; pero oficialmente no saben nada.
—¡Ay!, no me podías decir nada—manifestó la joven dándose un lengüetazo en los labios, que se le secaban más todavía—, nada que me fuera más antipático, más...
—Yo lo comprendo...—Si tú no te has de morir—dijo Fortunata irguiéndose con brío, en son de protesta—. ¡Si te pondrás bueno...!
Feijoo había cerrado los ojos, y se sonreía en las tinieblas de su meditación. La chulita callaba mirándole. Con aquella sonrisa, que parecía la que les queda a algunas caras después que se han muerto, contestaba D. Evaristo mejor que con palabras.
«¿Y a Nicolás le has echado otra chinita?» preguntó ella después de una pausa, queriendo alegrar conversación tan lúgubre.
—No, porque no le he visto. Es el más bruto de los tres. Tú créeme; si ganamos a doña Lupe, todos los demás bajarán la cabeza, incluso tu marido. Doña Lupe es la que manda allí, y peor para ellos si no mandara.
—¡Oh!, yo dudo mucho que quieran... Les jugué una partida muy serrana—afirmó ella, gozosa de encontrar un argumento contra aquel plan tan contrario a su gusto—, pero muy serrana. Lo que yo hice es de eso que no se perdona.