—Sí, pero mi presbítero es un cura apreciabilísimo, un santo varón... Como que ayuna todos los días...
—Ya... será un bacalao ese padre Rubín. ¿No le di ya a usted una credencial de Penales para un Rubín? Usted por lo visto protege a esa familia.
—Yo no protejo familias, niño. Déjese usted de protecciones... Sólo que me intereso por las personas de mérito.
—Por mí no ha de quedar. Le daré otro achuchón a Cárdenas. Pero, lo que digo, son plazas que tienen muchos golosos. Los pretendientes explotan el valimiento y la influencia de las señoras. Casi siempre son las faldas las que deciden quién se ha de sentar en los coros de las catedrales.
—Pues suponga usted, compañero, que yo tengo faldas, que soy una dama... ea.
—Pero si yo no lo he de decidir...
—Mire usted que si no me nombra mi canónigo, no me muero, y le estaré atormentando meses y meses.
—Mejor... Viva usted mil años.
—¿Y esas elecciones, van bien?
—Como un acero. Tengo allá un padre cura que vale un imperio. Me está haciendo unos arreglos en el distrito, que Dios tirita, y tirita toda la Santísima Trinidad. Ese sí que merece, no digo yo canonjías, sino siete mitras.