—Pero qué, ¿está miserable? ¿Pasa necesidades?—preguntó el chico, moviéndose con inquietud en la silla—. Eso no debe consentirse...

—No digo que tenga hambre... y tal vez... Su situación no debe ser muy desahogada. Hoy a las cuatro de la tarde, según me dijo, no había entrado en su cuerpo más que un poco de pan del día antes, un pedacito de chocolate crudo, y al mediodía una corta ración de bofes.

—¡Por Dios! ¿Y usted consiente eso? ¡Bofes...!

—Será penitencia tal vez—replicó la viuda en aquel tono de convicción ingenua que tomaba cuando quería jugar con la credulidad de su sobrino, como el gato con la bola de papel.

—Francamente, tía, eso de que pase hambres... Yo no la perdono, no puede ser... le aseguro a usted que eso... jamás, jamás, jamás.

—Ya te he dicho que no es prudente soltar jamases tan a boca llena sobre ningún punto que se refiera a las cosas humanas. Ya ves el bueno de D. Juan Prim qué lucido ha quedado con sus jamases.

—Pues a mí no me pasará lo que a D. Juan Prim, porque sé lo que digo... Y como la restauración depende de mí, y yo no he de hacerla... Pero de esto no se trata ahora. Aunque no ha de haber las paces, me duele que pase hambre. Es preciso socorrerla.

—Pues volveré allá. Pero se me ocurre una cosa. ¿Por qué no vas tú?

—¡Yo!—exclamó el exaltado chico sintiendo que los cabellos se le ponían de punta.

—Sí, tú... porque estás acostumbrado a que todo te lo den bien amasado y cocido... Esto es cosa delicada... Yo no quiero responsabilidades. Tú no eres ya un niño, y debes decidir por ti mismo estas cosas.