—Sí señora... mire.—Ahora aquí otra vez... ¿Sabes lo que debes hacer siempre que subes?, refregarte bien en el limpia-barros del vecino, en ese que está ahí.
—¿En este?—dijo la mona, bailando el zapateado en el limpia-barros del cuarto de la izquierda.
—Porque todos los pisotones de menos que le demos al nuestro, eso vamos ganando.
—¿Sabe, señora, sabe?...—agregó Papitos, que a pesar de venir sofocada de tanto correr, seguía bailoteando en el felpudo ajeno—. ¿No sabe lo que hay allí? Es una mujer que parece está bebida; pero muy bebida... ¿Y no acierta quién es?, la señá Mauricia.
—¿Pero oyes, mujer, has oído?—dijo doña Lupe desde el pasillo volviendo a la sala—. Mauricia... borracha... ahí tienes lo que reúne tantísima gente.
—¿Pero la viste bien?, ¿estás segura de que es ella?—preguntó Fortunata pasado el primer momento de asombro.
—Sí, señorita, ella es...
—Pero hija—observó doña Lupe volviendo a asomarse con oficiosidad...—cree que me hace esto una impresión... ¡Y los de Orden Público que no parecen!... ¡Ah!, sí, la levantan... ¡Qué mujer!... Miren que ponerse en ese estado.
—Ahora se la llevan... Está como un cuerpo muerto—decía Fortunata, acordándose de las escenas que había presenciado en el convento.
—Sí, se la llevan a la Casa de Socorro o al hospital... Pero ¡quia!, no... Suben. ¿Apostamos a que la traen a la botica?