«Oye tú, arrepiéntete... pero con tiempo, con tiempo. No lo dejes para última hora, porque... eso no vale. Tú tampoco eres trigo limpio, y el día que hagas sábado en tu conciencia, vas a necesitar mucha agua y jabón, mucha escoba y mucho estropajo...».

Con tan buena fe lo dijo, que Fortunata no podía ofenderse. A doña Lupe le pareció la amonestación muy impertinente y descortés, porque ¿a santo de qué venía el hablar de pecados ajenos, teniendo tantos propios de qué ocuparse? Verdad que su sobrina política no había sido un modelo; pero ya estaba corregida y no había que volver sobre lo pasado. «Ya sabemos que te tratan muy bien» dijo, para variar la conversación.

—Gracias a la madre de los pobres—declaró Severiana, que estaba en pie arreglando la cama—, no le falta nada. ¡Qué señora esa!

—¡Una santa!—exclamó doña Lupe en el tono más encomiástico—. No le dé usted otro nombre, porque ese es el que le cae bien...

—Pero esta se ha cerrado a no comer—dijo la hermana mirándola—, y sin comer no viven más que los camaleones.

—Pero ayunas, ¿de verdad?....

—Para pasar el caldo tenemos que dárselo con Jerez... y por la mañana, para que pase una tostadita, hay que darle un dedito de la horchata de cepa, y por la noche otro dedito...

—¿Pero de veras le dais... esa perdición?—preguntó alarmadísima doña Lupe.

—Lo ha mandado el médico. Dice que es medicina. Parece aquello de al revés te lo digo.

—¡Qué cosas!... ¿Y no te comerías tú—le propuso Fortunata—, un muslito de gallina, una ruedita de merluza, una croquetita?