¡Ponerse a su lado! ¡No conocerle en la cara que las dos no podían estar juntas en parte alguna!...

Esto pensaba la mujer de Maxi, que sintió deseos de huir, y luego vergüenza y miedo de hacerlo. Si la otra le hablaba, no tendría más remedio que responderle. «Pues si yo le dijera quién soy, la haría temblar. Veríamos entonces quién temblaba más».

Jacinta la miró. Ya el día anterior había despertado su curiosidad hermosura tan expresiva. Y cuando sus ojos se encontraban con el rayo de aquellos ojos negros, sentía una impresión no muy grata, al modo de esos presentimientos inseguros que son, no como el contacto de un objeto, sino como la sensación del aire que hace el objeto al pasar rápidamente.

«Según ha dicho el médico—indicó la Delfina decidida a pegar la hebra—, la pobre Mauricia no saldrá de esta».

—No saldrá la pobre—opinó Fortunata algo cortada, porque le asaltaba la idea de que su lenguaje no sería bastante fino.

—Si sigue así, traeré esta tarde a la niña, para que la vea... De todos modos, debo traerla ¿no le parece a usted?

—Sí, tráigala. Jacinta sabía que aquella desconocida no era soltera, porque había ofrecido unos pantalones de su marido. Hízole, pues, la pregunta que ingenuamente se le salía siempre de los labios cuando se encontraba delante de una casada: «¿Tiene usted niños?».

—No señora—replicó la de Rubín con alguna sequedad.

—Yo tampoco. Pero me gustan tanto los niños, que tengo verdadera manía por ellos, y los ajenos me parece que deberían ser míos... y, créalo usted, no tendría escrúpulo de conciencia en robar uno, si pudiera...

—Pues yo también, si pudiera...—declaró Fortunata, que no quería ser menos que su rival en aquello de la manía materna.