Poco después, hallándose en el gabinete sentada junto al balcón, por donde entraba el sol, sintió en los pasillos ruidos de voces que al pronto no se podía saber si eran de gozo o de ira. Pero ni tuvo tiempo de asustarse porque vio entrar a Nicolás haciendo aspavientos de júbilo, el rostro encendido, los ojos chispos, y llegándose a su cuñada le dio un fuerte abrazo:

«Denme todos la enhorabuena... Ya... al fin... No ha sido favor, sino justicia. Pero estoy muy agradecido a las personas que...».

—¡Gracias a Dios! Ya tenemos a Periquito hecho fraile—dijo doña Lupe, que después de haber recibido el estrujón en el pasillo, entraba tras él, radiante de dicha, porque se le quitaba de encima aquella fiera boca—. ¿Y de dónde?

—De Orihuela, tía—replicó el clérigo frotándose las manos—. Mala catedral; pero ya veremos si sale una permuta.

—Canónigo te vean mis ojos, que Papa como tenerlo en la mano.

—¡Cuánto me alegro!—dijo Fortunata por decir algo, y miró a la calle al través de los cristales, temiendo que le leyeran en la cara los pensamientos que la canonjía de su cuñado le sugería.

«¡Lo que es el mundo!—pensaba—. Razón tenía D. Evaristo. Hay dos sociedades, la que se ve y la que está escondida. Si no hubiera sido por mi maldad, ¡cuándo habría sido canónigo este tonto de capirote, ordinario y hediondo! ¡Y él tan satisfecho!».

—Me voy mañana mismo a que me den la colación... Pero antes convido a todo el mundo. Juan Pablo no lo sabe todavía. ¡Que rabie!...

Ayer me apostaba que no me la darían. Ese Villalonga es una gran persona, y Feijoo lo que se llama un caballero, y el Ministro también... ¿Sabéis quién me dio la noticia? Pues Leopoldo Montes, que está ahora en Gracia y Justicia. Corrí allá, y cuando el jefe del personal de catedrales me dijo que eran ciertos los toros, creí que me daba un desmayo. La credencial estaba allí, y no me la habían mandado por no saber mis señas... Lo repito, convido a todo Cristo... a lo que quieran... y convido a las de Torquemada, a Ballester... a doña Casta y sus simpáticas hijas...

—Para, hijo, para—dijo doña Lupe amoscándose—, que para esas convidadas no te va a bastar el sueldo de un año; y si piensas que yo cargo con el mochuelo de los gastos, te equivocas...