Fortunata estaba como si le hubieran vaciado sobre el cráneo una cesta de piedras. Cada palabra de Guillermina fue como un guijarro.
En aquel momento, cogido el pañuelo por las dos puntas hacía con él una soga. No se puede saber si fueron espontaneidad aturdida o bien reflexión deliberada estas palabras suyas:
«Es que yo soy muy mala; no sabe usted lo mala que soy».
—Sí, sí; ya voy viendo que no somos una perfección—indicó la santa irguiéndose en el asiento como para mirarla más de lejos—. Cuando hay arrepentimiento el Señor perdona. ¡Pero usted, por lo visto, tiene una frescura para mirar estas cosas de la moral...!, frescura que no le envidio. Usted está casada: ya que la conciencia no le remuerde por un lado, ¿cómo no le escuece por el otro?
—Me casé sin saber lo que hacía.
—¡Qué angelito!... ¡sin saber lo que hacía! Pues qué, ¿casarse es un acto insignificante y maquinal como beber un buche de agua? ¿Puede alguien casarse sin saber que se casa?... Hija mía, ese argumento guárdelo usted para cuando hable con tontas, que conmigo no vale.
—Me casaron—agregó Fortunata, volviendo a hacer una pelota con el pañuelo—me casaron sin que pueda decir cómo. Creí que me convenía y que podría querer a mi marido.
—¡Ay, qué gracioso!... ¡Qué monísima es la criatura!—exclamó la fundadora con amable ironía y gracejo—. Estas... hartas de pecados son muy saladas cuando se hacen las inocentes. ¡Creyó que le podría querer! ¿Y qué hizo usted para conseguirlo?... ¡Ah! Lo que usted quería, digamos las cosas claras, lo que usted quería era casarse para tener un nombre, independencia y poder corretear libremente. ¿Más clarito todavía? Pues lo que usted deseaba era una bandera para poder ejercer la piratería con apariencias de legalidad. ¡Desdichado hombre el que cargó con usted! De veras que le cayó la lotería. Y dígame, ¿al fin no saltó por alguna parte ese cariño que usted quería tener?
—No señora—replicó Fortunata, rompiendo a llorar—. Pero si me habla usted de esa manera, no podré seguir; tendré que retirarme.
La santa se corrió en el cofre que le servía de asiento para aproximarse a la silla en que estaba la otra.