—Dice que después le pesó...

—¡Bribona!—exclamó Jacinta, frunciendo los labios y apretando los puños.

—Pero, en fin, hoy la tantearemos otra vez.

Como quiera que sea, su sermoncito no hay quien se lo quite. Y por si viene pronto... quedamos en que de diez a once... debes marcharte ya, no sea que te pille aquí.

Después de un rato de silencio, la Delfina dijo con resolución: «Yo no me voy».

—¡Hija, qué me dices!... ¿Estás loca?

—Yo no me voy. Me esconderé en la alcoba. Quiero oír lo que diga...

—Eso sí que no te lo consiento. ¿En mi casa escenas de comedia? No, no lo esperes.

—¡Pero qué tonta, y qué exagerada, y qué puntillosa es usted, hija! ¿Qué mal hay en eso?, a ver... Le digo a usted que no me voy.

—Pues te quedas aquí... ¡Ah!, no, eso tampoco. Márchate, niña de mi alma, y no me pongas en tan mal paso. No es de mi carácter eso.