—Pero aguárdese usted... A mí me había dado palabra de casamiento... como esta es luz... Y me la había dado antes de casarse... Y yo había tenido un niño... Y a mí me parecía que estábamos los dos atados para siempre, y que lo demás que vino después no vale... eso es.
Guillermina se llevó las manos a la cabeza... Discurrió que lo mejor era diferir la conferencia para otro día, pretextando que tenía que salir. «Eso es muy grave. Hay que tratarlo despacio. Cierto que una promesa liga algo... No sostendré yo que ese joven se portó bien con usted. Pero el tiempo, la sociedad... Y sobre todo, los derechos que usted podría tener, los ha perdido con su mala conducta».—Yo no habría sido mala—dijo la de Rubín envalentonándose, al ver en su confesora un inexplicable aturdimiento—, si él no me hubiera plantado en medio del arroyo con un hijo dentro de mí—la santa vacilaba; no sabía por dónde romper. ¡Ah!, sin aquel peligroso testigo de Jacinta ya se habría explicado ella bien, enseñando a la atrevida cuántas son cinco.
—Usted, hija mía, está como trastornada—le dijo, buscando modos de hacer insignificante la conversación—. El otro día me pareció usted más razonable... ¿qué mosca la ha picado...?
—¿Qué mosca?—dijo Fortunata con cierto extravío en la mirada—. ¿Qué mosca?, pues una.
—Porque usted no se hace cargo de que ha pasado tiempo, de que ese hombre está casado con una mujer angelical, y que...
En la fisonomía de la prójima se encendió de improviso una luz vivísima. Fue como una aureola de inspiración que le envolvía toda la cara. Más hermosa que nunca, sacó de su cabeza un gallardísimo argumento, y se lo soltó a la otra como se suelta una bomba explosiva.
¡Pruuun! Guillermina se quedó atontada cuando oyó esta atrocidad:
«¡Angelical!... sí, todo lo angelical que usted quiera; pero no tiene hijos. Esposa que no tiene hijos, no es tal esposa».
Guillermina se quedó tan pasmada, que no pudo responder.
«Es idea mía—prosiguió la otra con la inspiración de un apóstol y la audacia criminal de un anarquista—. Dirá usted lo que guste; pero es idea mía, y no hay quien me la quite de la cabeza... Virtuosa, sí; estamos en ello; pero no le puede dar un heredero... Yo, yo, yo se lo he dado, y se lo puedo volver a dar...».