—No le diría a usted nada de particular—indicó la santa muy asustada, quitando gravedad al asunto—. Nada más que un saludo...

—¿Qué saludo?... Verá usted. Me dijo: «¿Chiquilla, qué es de tu vida?...». Yo no le pude contestar... Di media vuelta, y él me cogió una mano.

—Vamos, vamos, esto ya es demasiado—declaró Guillermina, levantándose turbadísima—. Otro día me contará usted eso...

—No, si no hay más... Yo retiré mi mano, y me fui sin decirle nada... No tuve alma para seguir adelante sin mirar para atrás, y miré y le vi... Me seguía, distante. Apresuré el paso y me metí en mi casa...

—Muy bien hecho, muy bien hecho...

—Pero aguárdese usted—dijo Fortunata que ya no estaba exaltada, sino en un grado de humildad lastimosa, y su tono era el de los penitentes muy afligidos, que no pueden con el peso de sus culpas—. Aún falta lo mejor. Después que le vi, se me ha clavado de tal manera en el pensamiento la idea de... Es una idea mía, idea mala, señora... pero usted es una santa, y me la quitará de la cabeza... Por eso no tengo sosiego hasta no decírsela...

—Basta, basta; no quiero, no quiero.

—Que sí quiere—insistió la joven reteniéndola por ambas manos, pues la confesora hizo ademán de apartarse de ella.

—Una idea infame... la idea de pecar otra vez...—dijo Guillermina, balbuciente—. ¿Es eso?...

—Eso es... pero verá la señora. Yo quiero echarla de mí; pero a veces se me ocurre que no debo echarla, que no peco...