—Bueno, mételo en el cajón de la mesa de noche, y también el cuchillito. Yo te prometo no tocarlo.
—¿Me lo juras?—Te lo juro... No parece sino que yo te he engañado alguna vez. ¡Qué cosas tienes!... Pero te has de acostar...
—Si no tengo sueño, a Dios gracias. Cuando duermo algo, sueño que soy hombre, es decir, que la bestia me amarra, me azota y hace de mí lo que le da la gana... ¡Infame carcelero!
Impaciente, Fortunata se lanzó a las determinaciones que exigen los casos graves. Echose de la cama tal como estaba, y casi a la fuerza, mezclando los cariños con la autoridad, como se hace con los niños, le hizo acostar. Quitole la ropa, le cogió en brazos, y después de meterle en la cama, se abrazó a él sujetándole y arrullándole hasta que se adormeciera. Decíale mil disparates referentes a aquello de la liberación, de la hermosura de la muerte y de lo buena que es la matanza de la bestia carcelera. «A cada bestia le llega su San Martín» repetía, con otras frases que habrían sido humorísticas, si las circunstancias no las hicieran lúgubres.
Ella durmió muy poco. Al amanecer, viéndole en profundo letargo, levantose cautelosamente y echó mano al puñal y las papeletas. Escondido el primero, vació todo el contenido de las segundas en un periódico, metiéndolo todo revuelto en un cucurucho para llevárselo a Ballester. Con ayuda de doña Lupe, que se horripilaba oyendo contar el paso de la noche anterior, pusieron en cada papelillo cantidad proporcionada de sal o azúcar molida, y bien dobladitos como estaban, volvieron a meterlos en la mesa de noche. Lo primero que él hizo al despertar fue ver si le habían quitado su tesoro, y como extrañase no hallar el puñal, díjole su mujer: «El puñal lo he guardado yo... Es monísimo. Descuida, que no lo perderé. ¿Tienes o no confianza en mí? Tocante a esos polvos, encárgate tú de guardarlos, y si el caso llega, chico, no seré yo quien les haga ascos, porque, bien mirado, para lo que sirve esta vida... Lucidas estamos; ¡siempre penando, siempre penando! Espera que te espera, y cada día un desengaño... Te aseguro que el vivir es una broma pesada».
—Dame un abrazo—le dijo Maxi arrojándose a ella medio vestido—. Así te quiero. Tú has padecido, tú has pecado... luego eres mía.
Y como en aquel momento entrara su tía trayéndole el chocolate, se fue hacia ella, en pernetas, con intento de abrazarla, diciéndole:
—También usted ha padecido, también usted ha pecado, querida tía.
—¡Pecar yo!...—Y es usted de mi tanda.—Todo lo que quieras, con tal que te tomes ahora este chocolatito.
—Lo tomaré, lo tomaré, aunque no tengo apetito. Venga... Por aquello de cumplir.