—Si no lo sabía. ¿Vuelve usted mañana?

—¿De veras que va usted a ir a verme?... ¡Cómo se reirá de mí!

—¡Reírme! ¡Qué cosas se le ocurren! Iré a tomar ejemplo.

—¿A que no va?—¿A que sí?—Pues allí me tendrá, haciéndole la competencia a Estupiñá... Verá usted, verá usted... cada día más.

—¡Cada día! ¿Pero no se va usted mañana?

—Es verdad, no me acordaba... Bueno, pues no me iré.

—Eso no; le conviene a usted marcharse, y allí seguirá haciendo su noviciado.

—Allá no vale.—¿Cómo que no vale?—Porque allá me cogen por su cuenta unas amigas protestantes que tengo, y que quiera que no, me hacen renegar... Usted tendrá la culpa; sobre su conciencia va. ¿Conque me quedo o me voy?

—Pues con esa responsabilidad tan grande no me atrevo a aconsejarle. Haga usted lo que le parezca mejor... Vaya, por fin llegamos. ¿Se ha cansado usted mucho?

—Un poquitito... pero con usted siempre contento. ¿Quiere usted volver a bajar?