—Iremos a pasar un rato—dijo Moreno de una manera lúgubre—, y a echarle a mi desesperación una hora de esparcimiento, como se le echa carne a una fiera para que no muerda.

—Si tú le pidieras al Señor... pero bien pedido... que te curara esos esplines, te los curaría... Pídeselo, hijo; ¡pero si sabré yo lo que me digo!

—¿Qué has de saber tú?... ¿Qué has de saber lo que hay del lado de allá de la puerta negra?

—¿Ahora sales con eso?... Tú podrás haber perdido parte de la fe; pero toda no se pierde nunca. Esas cosas se dicen sin creer en ellas, por fatuidad. Con todas sus bromas, si te rascan, aparece el creyente...

—No, tonta, yo no creo en nada, en nada, en nada—le dijo Moreno con énfasis, complaciéndose en mortificarla.

—Todo sea por Dios... Entonces, ¿para qué vienes conmigo a la iglesia?

—Toma, por distraerme un rato, por verte a ti, por ver a Estupiñá, figuras raras de la humanidad, excentricidades, tipos, como todo esto que yo llevo a Londres para los aficionados a lo característico y al color local.

Guillermina daba suspiros. No quería incomodarse.

«Para rarezas tú...—dijo al fin echándose a reír—. A ti sí que te debían enseñar por las ferias... a dos reales, un real los niños y soldados. Cree que ganaba dinero el que te expusiera».

—Con un cartelón que dijese: «se enseña aquí el hombre más desgraciado del mundo».