—Pero, hombre, ¿qué más te da? Con no comprárselo si no te gusta... Si esa gente vive de eso, déjales vivir.
—No, si yo no me opongo a que vivan todo lo que quieran—replicó Moreno con energía—. Lo que no quita que me cargue mucho, pero mucho, oír el tal pregón...
—Vaya por Dios... Otras cosas hay peores y se llevan con paciencia.
Después llegó Tom, y la hermana de Moreno se retiró a punto que entraba Guillermina con la misma cantinela: «¿Quieres algo?... A ver si te duermes, que no es mal ajetreo el que vas a llevar mañana. Mira; de París telegrafías, para que sepamos si vas bien...».
Daba algunos pasos hacia fuera y volvía: «Lo que es mañana no te llamo. Necesitas descanso. Tiempo tienes, hijo, tiempo tienes de darte golpes de pecho. Lo primero es la salud».
—Esta noche sí que voy a dormir bien—anunció D. Manuel con esa esperanza de enfermo que es gozo empapado en melancolía—. No tengo sueño aún; pero siento dentro de mí un cierto presagio de que voy a dormir.
—Y yo voy a rezar porque descanses. Verás, verás tú. Mientras estés allá, rezaré tanto por ti, que te has de curar, sin saber de dónde te viene el remedio. Lo que menos pensarás tú, tontín, es que la rata eclesiástica te ha tomado por su cuenta y te está salvando sin que lo adviertas. Y cuando te sientas con alguna novedad en tu alma, y te encuentres de la noche a la mañana con todas esas máculas ateas bien curadas, dirás «¡milagro, milagro!» y no hay tal milagro, sino que tienes el padre alcalde, como se suele decir. En fin, no te quiero marear, que es tarde... Acuéstate prontito, y duérmete de un tirón siete horas.
Le dio varios palmetazos en los hombros, y él la vio salir con desconsuelo. Habría deseado que le acompañase algún tiempo más, pues sus palabras le producían mucho bien.
«Oye una cosa... Si quieres llamarme temprano, hazlo... Yo te prometo que mañana estaré más formal que hoy».
—Si estás despierto, entraré. Si no, no—dijo Guillermina volviendo—. Más te conviene dormir que rezar. ¿Necesitas algo? ¿Quieres agua con azúcar?