Fortunata no sabía cómo empezar. Contrariábala mucho tener que decir las cosas a gritos, y temía que se enterasen los criados, la vecindad y hasta el embajador con toda su gente extranjera. ¿Y cómo se podía contar una cosa tan delicada dando berridos, al modo que cantan los serenos las horas, o como los pregones de las calles? Algo dijo que llevó al ánimo de don Evaristo el convencimiento de que su chulita se veía en un mal paso. De repente soltó mi hombre la risa infantil y babosa, diciendo: «¿Apostamos a que ha habido algún rasgo? Precisamente lo que más prohibí, los dichosos rasgos, que siempre traen alguna desgracia».

La consternada joven no podía asegurar que sus últimas diabluras mereciesen la denominación y categoría de rasgos; pero indudablemente eran una cosa muy mala. Sobre todo no había hecho maldito caso de las sabias recetas de vida social que le diera su amigo. Para hacerle comprender mejor que con largas explicaciones algo de lo que ocurría, sacó la inscripción, que llevaba dentro de un sobre y este envuelto en un papel.

«¿Qué es eso, la inscripción?—dijo el anciano riéndose más—¿Pues qué... ji ji ji... ha habido rompimiento con ese bendito?...».

Y se puso la trompetilla en la oreja para coger con ella la respuesta.

—Completamente ido de la cabeza... manicomio.

—¡Que no come!—Al manicomio... que le van a poner en Leganés...

—¡Ah! ¿Y doña Lupe?

—Ella y yo... Fortunata hizo con sus dos dedos índices un signo muy expresivo, poniéndolos punta con punta.

—Habéis reñido... ji ji ji... ¡Qué cosas! Doña Lupe muy lagarta...

El gatito que se había subido en el hombro del señor, estaba muy preocupado con la trompetilla. Ignoraba sin duda lo que era aquello, y quería saberlo a todo trance, porque alargaba la pata como para hacer un reconocimiento de tan misterioso objeto. La curiosidad del animalito interrumpía la audición, que era ya bastante penosa. Feijoo tomó la inscripción diciendo: ¿Pero qué ocurre?... ¿doña Lupe...?, ji ji ji... Todavía sostendrá que yo le hice el amor. No hay quien se lo quite de la cabeza. Y todo porque me solía parar en la esquina de la calle de Tintoreros, esperando a la mujer de Inza, ji ji ji... el de la tienda de mantas.